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sábado, octubre 21, 2006

La música, el whisky, el mundo que se cae (orgía)

(sentido escuchando - metido dentro de - el disco We Shall Overcome, de Bruce Springsteen & the Seeger Sessions Band)

Tengo cerca un vaso de whisky, mezcla de grano y malta. El escocés no está para esto y sólo fue el primero. Y suena la Seeger Sessions Band y Bruce canta y Diego da palmas y baila por su cuenta, alegre, a su aire, antes de que yo me esconda. Y la música me va invadiendo el corazón a la vez que el whisky el cerebro, y los violines suenan y rasgan el aire y el banjo baila y el trombón salta y la tuba los empuja a todos hacia afuera. Es música folk, música gospel, canción protesta, balada, música para bailar. Es todo junto. Y desgarra mis entrañas y fluye y corre y brinca mientras todo mi mundo real se está hundiendo a mi alrededor - o así lo siento -. Y bebo más whisky.

"Fue un viaje de carnaval, el sonido de la sorpresa y por el puro placer de tocar. Música de la esquina de cualquier calle, música de salón, música de taberna, música de lo yermo, de la soledad, música de circo, música de iglesia, música vulgar"

Eso es lo que cuenta Bruce. Es lo que siento yo mientras escucho y mientras intento no llorar abrumado y no reír feliz a la vez, mientras no hace falta que intente sólo mirar ahí para no oír tantas cosas caer y romperse; no necesito intentarlo porque las notas me han levantado en vilo y me llevan en volandas hacia lo desconocido, hacia una tierra de sólo sentimientos, por descubrir, en la que no importa el equipaje que arrastre yo desde mi estación: todo eso queda en el tren y en él se va cuando éste abandona el apeadero dejándome allí.

Y los coros casi aúllan y el piano crepita; las trompetas danzan locas, el contrabajo nos mece a todos y el saxofón quiere hacernos el amor. El acordeón ríe a carcajadas mientras el órgano reza y yo bebo más whisky, con una sonrisa y - ahora sí - llorando, porque no sé si lo que escucho es la música, mi corazón desgañitándose para hacerse oír por encima, la sangre fluyendo por mis venas, el mundo derrumbándose o volviendo a nacer. Lloro hundido y soy feliz y siento ira y me estremezco y me desanimo y me deshago en gotitas de niebla ligera que una brisa desbanda y hace desaparecer.

Prefiero mil veces esconderme aquí, en este mundo imaginario... y tan real a la vez, porque realmente existe fuera y dentro de mí. Y éste no se cae. Sólo se oculta cuando no hay tiempo de encontrar los caminos hasta él, cuando la nieve y la bruma del trabajo y la vida cubren y disimulan los mojones que marcan los límites del sendero que lleva al mundo donde sólo se siente, al universo de la música y la poesía, al orbe del corazón y el whisky.

O sea, casi siempre.

Me sirvo otro. Y escribo esto también en directo, como se guardó la música que estoy escuchando, como (casi) todo lo que escribo. Es la única manera de que se guarde ahí también el corazón.

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La vida es más excitante que cualquier porro. Sólo hay que saber por dónde fumarla (esto se me vino a la cabeza sobrio; y mejor no meter al whisky en la ecuación. Al menos, no hoy, no más) (gracias, Ona)

sábado, septiembre 30, 2006

Miedos, sonrisas y escalofríos

Anoche me he sentido solo, muy solo. A veces el corazón juega esas malas pasadas y uno sin saber cómo ni por qué aparece en un estado de ánimo a miles de años luz de donde posaba los pies unas horas antes. Fue un mal rato. Escribí algo. Aquí, en el mismo lugar que ocupan estas letras, hubo otras que intentaron ser una mano tendida al vacío pero que se sentían como si fueran un SOS que se pierde en el espacio exterior antes de que nadie lo reciba. Sí, escribí algo. Después, muy entrada la madrugada, me acosté y tengo consciencia - pero ningún recuerdo claro - de haber pasado la noche dando vueltas peleando con las sábanas, sudando en un duermevela incómodo y sientiéndome extranjero dentro de mi propio cuerpo.

Quizá me desnudé demasiado brutalmente anoche, quizá me avergoncé hoy. Esta mañana temprano cuando me levanté vine directo a este rincón y borré todo vestigio de la noche. Son palabras que se llevó el tiempo para siempre, una nube de letras que la brisa dispersó y no dejaron rastro. Pero sé que no sólo ha sido un mal sueño porque lo que no ha terminado de desaparecer es el regusto amargo de la noche pasada, un algo indefinible que me inquieta y me hacer temer la que se aproxima.

Dicen que al miedo, cantar. Y pienso yo que a la inquitud, sonrisas. Busco alguna en el cajón para compartirla contigo y recuerdo un diálogo que he mantenido con mi hijo mayor docenas de veces desde el primer y brutal escalofrío maravilloso que me hizo sentir una noche. Parece increíble porque él sólo tenía tres años o cuatro recién cumplidos (ahora tiene cinco) pero es real, tan real como mis miedos. Yo me había tumbado a su lado en su cama para "vigilarle" (como él dice) mientras dormía. Estaba hecho un ovillo dándome la espalda de cara a la pared. Esos días en el colegio habían estado aprendiendo los números. Esta fue, más o menos textualmente, nuestra conversación:

- Papá, ¿cuál es el número más grande?
- No hay "el número más grande", Diego. Siempre hay un número más grande
- ¿Por qué?
- Así son los números. Si tú dices un número yo siempre puedo decir uno más grande
- ¿Por qué?
- Porque siempre hay uno más. ¿Tú hasta qué número sabes contar?
- (orgulloso) ¡Sé hasta el cien! (eso decía él, alguna decena se le quedaba por el camino, claro)
-
Pues mira, si tú dices el cien yo digo el ciento uno. Y ya es más grande.
- ¿Y si digo el ciento uno?
- Pues yo digo el ciento dos
- Papá
- Qué
- ¿Y si digo el mil?
- Pues yo digo el mil uno. Venga, Diego, duérmete
... (segundos de silencio) ...
- Papá
- ¡Qué!
- ¿Cuál es el número más grande que sabes?
(ésta es una pregunta recurrente de Diego y mi respuesta es invariable)

- El cuatro mil trillones
- ¿Hay el cuatro mil ... "eso"... uno? (lo pregunta girándose hacia mí)
- Claro
- ¡Pues yo digo ese!
(yo le beso)
- Anda, Diego, hay que dormir
(se gira de nuevo y me da la espalda, acurrucado; pasan unos segundos más)
- Papá
- ¡Qué! (impaciente, casi enfadándome)
-
¿Siempre hay un número más grande, siempre?
- Si Diego, siempre. Siempre existe un número más grande todavía.
Diego se gira, me mira y me dice tendiéndome sus bracitos al cuello:
- Papá, pues yo te quiero más que el diez y más que el cien y más que el mil. Papá: pues yo te quiero tanto... ¡que no existe el número!

(en ese momento recuerdo sentir que por cada poro de mi piel se me escapaba el alma empapada de ternura, como se escapa el agua por los poros de una esponja mojada)

¿Qué tienen las noches, algunas noches, qué veneno esconden para hacer sentir soledad y amargura a alguien a quien cuida un ángel así?

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El mejor olor, el del pan; el mejor sabor, el de la sal; el mejor amor, el de los niños (Graham Greene)

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