lunes, septiembre 18, 2006

"Conozco a muchas gentes a quienes no conozco"

¿Será verdad que cuando toca el sueño
con sus dedos de rosa nuestros ojos,
de la cárcel que habita huye el espíritu
en vuelo presuroso?

¿Será verdad que, huésped de las nieblas,
de la brisa nocturna al tenue soplo,
alado sube a la región vacía
a encontrarse con otros?

¿Y allí desnudo de la humana forma,
allí los lazos terrenales rotos,
breves horas habita de la idea
el mundo silencioso?

¿Y ríe y llora y aborrece y ama
y guarda un rastro del dolor y el gozo,
semejante al que deja cuando cruza
el cielo un meteoro?

Yo no sé si ese mundo de visiones
vive fuera o va dentro de nosotros:
lo que sé es que conozco a muchas gentes
a quienes no conozco.


(Gustavo Adolfo Bécquer, rima LXXV/23)

Al menos alguien tuvo el don para contar cómo es esa sensación.

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Nuevos amigos, nuevos dolores (Wolfgang Amadeus Mozart)

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sábado, septiembre 16, 2006

La aurora austral desde el espacio

Via meneame me encuentro un link a una página de la NASA en la que se puede observar una foto y un vídeo (aquí en baja resolución, aquí en alta) de la aurora austral vista desde el espacio.

Debe ser sobrecogedor ser testigo de esta maravilla en directo desde el suelo, desde nuestro planeta.

Canta el vaquero de Garth Brooks en Night Rider's Lament cuando le llega la carta del amigo lejano preguntándole y preguntándose qué le retiene allí aún, perdiéndose a caballo lo que los demás entienden como "la vida": "ah, but they've never seen the Northern Lights, they've never seen a hawk on a wing..." (quizá, pero ellos nunca han visto la aurora boreal, nunca han visto un halcón volando...).

Ésta no es la aurora boreal, es la austral, pero si me acompañas en el viaje merecerá la pena igualmente.

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¿Qué es lo que llamamos Naturaleza sino un poema oculto bajo una escritura misteriosa? (Schelling)

viernes, septiembre 15, 2006

"A mí me gustan las piedras rosas"

Es un atardecer soleado de domingo de septiembre en las afueras de una ciudad castellana cualquiera. El verano se termina. Sentadas en el puente del castillo de los columpios clasificando piedras hacen una estampa curiosa Lucía y su madre. Lucía es una niña preciosa de cuatro años quizá, pelo pajizo y cara redonda que te mira desde la superficie del lago azul de sus ojos con una sonrisa, aunque no te conozca. Su madre juega con ella, ajena al mundo lejano de la ciudad cercana sin dar la impresión de estar perdiéndose nada, o quizá plenamente consciente de que es ahí donde transcurre la vida, lo esencial: en ese rincón abandonado para su niña y para ella. No hay nadie aparte de nosotros cuatro - que acabamos de llegar - y ellas dos.

Yo tengo en las manos una pieza de cuarzo rosado limpio y brillante que acabo de recoger del suelo. Se lo tiendo a mi hija Ana que lo mira curiosa y se va corriendo sin él. Lucía me ha oído y se me acerca mirándome a los ojos desde ahí abajo. "A mí me gustan las piedras rosas" dice. Se lo ofrezco con la mano y una mirada y ella lo acepta con la naturalidad con que sólo los niños pequeños saben aceptar los regalos. Seguido, se va tras Anita a jugar. Ya no soltará la piedra.

Su madre se baja del castillo de madera. Es muy delgada y guapa y se queda mirando a los niños divertirse sentada en un columpio de muelle, balanceándose ligeramente, acunándose. Tiene la mirada ausente, los ojos tristes pero resueltos de quienes la vida enseñó a amar, a perder, a esperar, a sobrevivir. Viste sencillo, ningún anillo, ningún adorno a la vista. Ni falta que hace.

La tarde transcurre lenta y agradable aunque hay algo triste en el aire, con la música de las risas de los niños de fondo y las sensaciones, recuerdos y ensoñaciones de los mayores. Al cabo, Lucía se acerca a su mamá y le dice que se tienen que ir. No sin mostrarle una vez más la piedra y decir "éste es mi regalo, míralo". Su madre la mira muerta de cariño y le contesta con cara de asombro "¿de verdad?". Sólo las madres pueden transmitir tanto con tan poco. Sólo a veces. Le acaricia la cara y comienzan a caminar derechas hacia el sol que atardece sobre sus cabezas, haciéndose pequeñas a medida que se alejan hacia aún más afuera de la ciudad. La voz de Lucía también se va apagando en la distancia contándole a su madre sus secretos y tesoros e ilusiones, sus juegos con Anita - a la que no volverá a ver aunque no lo sabe-, su inconsciente y feliz final del verano de sus cuatro años.

Más tarde, sentado en un bar frente a una cerveza negra, alzo la mirada y veo una pareja de cigüeñas emprender el vuelo, graves, hacia el este. Me pregunto qué horizontes estarán viendo sus ojos, qué límites encontrarán sus vuelos, adónde las llevarán.

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La más preciosa piedra rosa es el sonido de tu risa, Lucía. Gracias por ella. Esa guárdala siempre.

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jueves, septiembre 07, 2006

Volveré

(actualizado viernes 8: definitivamente volveremos el jueves 14 y nos vamos - ya salimos - a Salamanca)

Me voy de vacaciones con mi familia unos días. No podré - al menos, no deberé siquiera intentarlo - escribir en ese tiempo. Y no estoy pidiendo disculpas (que, Caviladora, como me has enseñado, no tengo por qué) sino simplemente expresando que voy a echar de menos esto y que espero que todo siga igual a la vuelta. Todo menos yo, quizá. Dicen que eso son los viajes, transformaciones.

Creo que volvemos a casa el miércoles aunque ya no es seguro. No sabemos dónde vamos, ni cuánto tiempo exactamente porque ¿qué clase de vacaciones son esas en las que todo está programado? Bueno, por eso y porque - como siempre - lo he dejado todo para el último momento y ahora no hay hueco donde queríamos ir. Pero todo tiene su lado positivo y así será más emocionante. Será como la semana larga que pasé en Escocia con mi hermana y con un coche alquilado sin planes, sin saber si quedaba dinero y sin preocuparse por ello (Pele, ¿tu crees que nos dejarán volver algún día...?¿y crees que será lo mismo?).

Volveré.


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Tanta prisa tenemos por hacer, escribir y dejar oír nuestra voz en el silencio de la eternidad, que olvidamos lo único realmente importante: vivir (Robert Louis Stevenson)

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Evocación

UN VIENTO fresco y joven, liberado
apenas, se dialata por la huerta.
El seto, entre su verde despejado,
templa la luz, indócil se despierta.


Suelta de nubes. Por el encrespado
azul pájaros cruzan en alerta
fugaz. Cantan las hojas. En el prado
la sombra de las ramas ya es incierta.

Va a comenzar. Ahora es cada mata
un manojo de savias incesantes
que los silvestres aires busca y bebe.

¡Pronto, corred! El cielo se desata.
Y un rumor va creciendo por instantes,
húmedo, a lilas golpeadas: llueve.

(Jaime Gil de Biedma)

Acaba de caer la primera lluvia fresca del fin de verano mientras termino de transcribir estas líneas. ¡Qué capacidad de evocar sensaciones, sonidos, olores, tienen las palabras en boca de quienes las saben manejar! ¡Y cómo las palabras a su vez se meten y viven escondidas en nosotros y se asoman cuando menos lo esperamos! Oí las gotas caer a lo lejos, acercándose; percibí el olor dulce de la tierra mojada y estos versos dormidos en la memoria despertaron.

(la foto de la lluvia cayendo sobre el bosque está tomada por taliesin y la he obtenido en morguefile.com, aquí; muchas gracias a ambos)


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Encomiéndate a Dios de todo corazón, que muchas veces suele llover sus misericordias en el tiempo que están más secas las esperanzas. (Miguel de Cervantes)
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miércoles, septiembre 06, 2006

Batiburrillo

(escuchando "Listen to the Lion", de Van Morrison)

Esta tarde me ha atropellado un torbellino de sensaciones y sentimientos y quise un papel para domarlos. Varias veces. No lo tuve. Después vino Bruce a charlar un rato a mi sala de estar - Vh Storytellers, no hay palabras, te lo presentaré - y reí y me conmovió y me puso los pelos de punta y... y no encontré un papel.


Ya anochecido, con mi luna asomada a la ventana, curiosa como siempre, oí algo. Era una avalancha. De emociones. Me giré y estaba encima. Se me llevó por delante. ¿Papel? No.

Ahora he encontrado este papel de luz y teclas. Ahora sí, puedo dejarlo salir. Y quiero hacerlo. Pero ahora todo está en calma. Oigo un vago rumor de fondo, como el de una cascada de la que uno se aleja, como el de un tractor que se pierde por el campo. Pero todo pasó, se escondió.

El corazón se está durmiendo. Quizá debería dormir yo también.

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A menudo me he tenido que comer mis palabras y he descubierto que son una dieta equilibrada (Winston Churchill)

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domingo, septiembre 03, 2006

La Arnía

(escuchando el disco "In the Heart of the Moon" de Ali Farka Toure y Toumani Diabate)

La Arnía, a pesar de su cercanía a Santander, es una playa salvaje. Son apenas ciento cincuenta metros de arena blanca y fina entre paredes de roca: un acantilado la cierra por un lado, por el otro un muro rocoso de quince o veinte metros de altura que el mar con su infinita paciencia ha ido tallando caprichosamente.


En la Arnía el mar embiste, rabioso por encontrar límites a su vasta inmensidad. Ruge acometiendo la roca. Brama. Y se lamenta. En invierno he visto en la Arnía noches de tempestad, olas furiosas - mar lanzado - abalanzarse y saltar por encima de esas paredes descomunales, la lucha sin fin entre las fuerzas de la naturaleza, entre el azul y el negro, entre la vida y la muerte.

La Arnía mira a mar abierto, al viento del nordeste, que siempre sopla fresco allí. Justo frente a la playa hay un islote escupido del fondo del mar, una falla en la placa tectónica que exhibe sus cicatrices sin vergüenza asomada al cielo azul. Desde la cercana playa de Covachos se puede acceder al islote andando cuando la marea está muy baja. A estas alturas del verano - que ya agoniza como un pez en la cesta del pescador respirando un aire abrasador y hostil -, en septiembre, ya es fácil encontrarse tranquilo allí: no es una playa cómoda para ir (por el desnivel que hay que salvar a pie) ni, a veces, para estar (por el nordeste). A pesar de su belleza salvaje.

Allí me he perdido hoy. He ido solo. Sin nadie salvo mis fantasmas. Sin reloj, sin teléfono. Con la llave del coche, un libro y una toalla. Y mi cita con el mar.

He nadado mar adentro luchando contra las olas de más de un metro con que el mar castigaba la playa. Me he dejado ir hacia el océano, he flotado donde esas olas rabiosas aún son sólo vaivenes en el mar. Me hundí después, sumergiéndome en vertical, buscando herir el fondo de arena con mi pecho y subiendo desesperadamente cuando sentía que ya la cabeza me iba a estallar. O los pulmones. Qué lejos está la luz del sol cuando no hay aire, qué distante el aire donde no hay más que silencio y quietud.

He vuelto a la orilla nadando con urgencia, braceando como si la vida me fuera en ello, huyendo quizá de lo que había dejado en el fondo del mar, de mi mar. Y en la orilla el agua estaba turbia por la arena que las olas batían con saña. Al entrar no lo había notado, algo en mis ojos no me había dejado.

Pero he de volver. Volveré a recoger lo que allí posé, en el fondo frío y tranquilo. El mar, mi mar, me lo cuidará. No temeré.

Y tú, que acaso leas esto, tampoco has de temer.

(desconozco el autor de la fotografía de arriba, la encontré en una página que no lo indicaba. Lo investigaré
. Y sí, es el islote frente a la Arnía)

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Todo se cura con agua salada: con sudor, con lágrimas o con el mar (Isak Dinesen)

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